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1/28/2006 Brownie power!!Hola!! ^_^
Suma y sigue! :) Esta nueva entrada del Ciclo de Lecturas tiene varios significados. En primer lugar, con ella conmemoro que esta mañana ha sido el estreno de mi fulgurante carrera de repostera, con un brownie que ha sido todo un éxito ("tarta de amor romántico", como diría mi pequeña Estrella xD), y vamos, que yo no quiero fardar ni nada, pero estaba increíííble!! :P
En segundo lugar, en este libro se habla, en muchas ocasiones, de cómo personas con más poder que los protagonistas intentan hacerles la vida imposible porque sí. Ahora estás de exámenes, y esta situación seguro que te parece familiar... y me gustaría que leyeras esto, para que veas que incluso la persona más poderosa puede ser derrotada (¿no acabamos con Aníbal Vader? ;) ).
El autor de este texto es un hombre con una imaginación bestial. Un día me di cuenta de que me había gustado desde siempre, ya que empecé a ver que varios libros que me encantaban los había escrito la misma persona (con 10 años, los escritores la verdad es que me daban igual... yo leía y ya :P). Y en éste, en concreto, habla de una especie de poder mental que tiene la protagonista, y que yo soñaba con tener :P pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión. Vamos con el pequeño Bruce Bogtrotter y la tarta de chocolate :)
- ¡Come! - gritó golpeándose el muslo con la fusta -. ¡Si te digo que comas, come! ¡Querías tarta! ¡Robaste tarta! ¡Ahora ya tienes tarta! ¡Y lo que es más, te la vas a comer! ¡No vas a abandonar este estrado y nadie se va a marchar de este salón hasta que te hayas comido toda la tarta que tienes delante de ti! ¿He hablado claro, Bogtrotter? ¿Entiendes lo que quiero decir?
El chico miró a la Trunchbull. Luego bajó la vista a la enorme tarta.
- ¡Come! ¡Come! ¡Come! - gritó la Trunchbull.
El chico cortó muy lentamente otro trozo de tarta y comenzó a comérselo.
Matilda estaba fascinada.
- ¿Crees que lo hará? - preguntó en voz baja a Lavender.
- No - le respondió Lavender -. Es imposible. Estará enfermo antes de llegar a la mitad.
[...]
El chico cortó otro grueso trozo y comenzó a comérselo rápidamente. Aún no mostraba signos de decaimiento o de querer abandonar. Realmente no parecía que estuviera a punto de detenerse y gritar: "¡No puedo, no puedo comer más! ¡Me voy a poner enfermo!". Aún seguía en combate.
Se estaba produciendo un sutil cambio en los doscientos cincuenta niños que presenciaban la escena. Hasta entonces habían previsto un inevitable desastre. Se habían preparado para una escena desagradable, en la que el desdichado chico, atiborrado de tarta de chocolate, tendría que rendirse y suplicar perdón y, entonces, verían a la triunfante Trunchbull obligando al jadeante muchacho a engullir más trozos de tarta.
Nada de eso. Bruce Bogtrotter se había tomado ya tres cuartas partes y aún seguía bien. Podría pensarse que casi estaba empezando a disfrutar. Tenía que escalar una montaña y estaba decidido a alcanzar la cima o a morir en el empeño. Es más, se había dado cuenta de los espectadores y de que, silenciosamente, todos estaban de su parte. Aquello era nada menos que una batalla entre él y la todopoderosa Trunchbull.
[...]
El chico iba más despacio ahora. No había duda de ello. Pero seguía comiendo tarta, con la tenaz perseverancia del corredor de fondo que ha avistado la meta y sabe que tiene que seguir corriendo. Cuando engulló el último bocado, estalló un tremendo clamor en el auditorio y los niños empezaron a dar saltos de alegría y a vitorear, aplaudir y gritar: "¡Bien hecho, Brucie! ¡Muy bien, Brucie! ¡Has ganado una medalla de oro, Brucie!"
La Trunchbull permanecía inmóvil en el estrado. Su rostro de caballo había adquirido el color de la lava fundida y sus ojos fulguraban de rabia. Miró a Bruce Bogtrotter, que seguía sentado en su silla como un enorme gusano ahíto, repleto, comatoso, incapaz de moverse o de hablar. Una delgada capa de sudor adornaba su frente, pero en su rostro se reflejaba una sonrisa de triunfo.
De repente, la Trunchbull se acercó y cogió la fuente de porcelana vacía que había contenido la tarta. La levantó todo lo que pudo y la dejó caer de golpe en todo lo alto de la cabeza del desdichado Bruce Bogtrotter y sus trozos se desparramaron por el suelo del estrado.
El chico estaba tan atiborrado de tarta que era casi como un saco de cemento húmedo, y no le habría hecho daño ni un mazo de hierro. Se limitó a mover la cabeza unas cuantas veces y siguió sonriendo.
- ¡Vete al diablo! - dijo airadamente la Trunchbul, y se marchó del estrado, seguida de cerca por la cocinera.
"Matilda", Roald Dahl
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