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3/9/2006 No te fíes sólo de lo que ves...Ya estoy aquí ;)
Tengo pendiente un par de actualizaciones (como, por ejemplo, la de los dioses hindúes, alguna otra de un trailer de impresión... cositas que contar), pero... ayer terminé el libro en el que se basa la entrega de hoy, y tengo que escribirla cuanto antes :) Además, con esto del Salamanca Friki Short Film Festival de este fin de semana, no sé cuándo voy a poder volver a actualizar... intentaré tener los dioses haciendo de las suyas esta noche ;)
Pero este libro... este libro es increíble. No es que sea una historia muy intrincada, con una trama difícil de seguir... es cómo está contada (otra vez), es el personaje principal, y la característica principal de ese personaje, que le hace percibir el mundo de una forma distinta, y hace que, cuando cierras el libro para bajarte del metro, pienses no sobre la historia, sino sobre cómo sería "ver" la vida de esa forma.
Apreciar las cosas cotidianas requiere un esfuerzo, porque estamos tan acostumbrados a tenerlas que es difícil hacer como si las viéramos por primera vez. Podemos intentar, como en la jornada de accesibilidad y comunicación de ayer miércoles, cerrar los ojos e intentar colorear una casa, o intentar buscar soluciones para situaciones del día a día en la vida de una persona sorda profunda. La vista y el oído son los sentidos más importantes... ¿o no? El sentido del gusto es lo que queda cuando, ya en casa, nada más te puede recordar la persona con la que has compartido un beso de despedida. El tacto... Aitana lo dejó bien claro en su taller "Se buscan 30 cuerpos (en movimiento)": normalmente, tocamos a las personas que conocemos, pero ¿qué pasaría si esa información táctil, complementaria, de repente fuera la única de la que dispones; si no conocieras a la persona, pero sí conocieras su cuerpo?
¿Y el olfato?
- [...] ¿Cómo huele un lactante cuando huele como tú crees que debe oler? Vamos, dímelo.
- Huele bien - contestó la nodriza.
- ¿Qué significa bien? - vociferó Terrier - Hay muchas cosas que huelen bien. Un ramito de espliego huele bien. El caldo de carne huele bien. Los jardines de Arabia huelen bien. Yo quiero saber cómo huele un niño de pecho.
[...]
- Pues... - empezó la nodriza - no es fácil de decir porque... porque no huelen igual por todas partes, aunque todas huelen bien. Veréis, padre, los pies, por ejemplo, huelen como una piedra lisa y caliente... no, más bien como el requesón... o como la mantequilla... eso es, huelen a mantequilla fresca. Y el cuerpo huele como... una galleta mojada en leche. Y la cabeza, en la parte de arriba, en la coronilla, donde el pelo forma un remolino, ¿veis, padre?, aquí, donde vos ya no tenéis nada... - y tocó la calva de Terrier, quien había enmudecido ante aquel torrente de necios detalles e inclinado, obediente, la cabeza -, aquí, precisamente aquí es donde huelen mejor. Se parece al olor del caramelo, ¡no podéis imaginar, padre, lo dulce y maravilloso que es! Una vez se les ha olido aquí, se les quiere, tanto si son propios como ajenos. Y así, y no de otra manera, deben oler los niños de pecho. Cuando no huelen así, cuando aquí arriba no huelen a nada, ni siquiera a aire frío, como este bastardo, entonces... Podéis llamarlo como queráis, padre, pero yo - y cruzó con decisión los brazos sobre el pecho, lanzando una mirada de asco a la cesta, como si contuviera sapos -, ¡yo, Jeanne Bussie, no me vuelvo con esto a casa!
[...] [La nodriza se va].
Entonces el niño se despertó. Se despertó primero con la nariz. La naricilla se movió, se estiró hacia arriba y olfateó. Inspiró aire y lo expiró a pequeñas sacudidas, como en un estornudo incompleto. Luego se arrugó y el niño abrió los ojos. Los ojos eran de un color indefinido, entre gris perla y blanco opalino tirando a cremoso, cubiertos por una especie de película viscosa y al parecer todavía poco adecuados para la visión. Terrier tuvo la impresión de que no le veían. La nariz, en cambio, era otra cosa. Así como los ojos mates del niño bizqueaban sin ver, la nariz parecía apuntar hacia un blanco fijo y Terrier tuvo la extraña sensación de que aquel blanco era él, su persona, el propio Terrier. Las diminutas ventanillas de la nariz y los diminutos orificios en el centro del rostro infantil se esponjaron como un capullo al abrirse. O más bien como las hojas de aquellas pequeñas plantas carnívoras que se cultivaban en el jardín botánico del rey. Y al igual que éstas, parecían segregar un misterioso líquido. A Terrier se le antojó que el niño le veía con la nariz, de un modo más agudo, inquisidor y penetrante de lo que puede verse con los ojos, como si a través de su nariz absorbiera algo que emanaba de él, Terrier, algo que no podía detener ni ocultar... ¡El niño inodoro le olía con el mayor descaro, eso era! ¡Le husmeaba! Y Terrier se imaginó de pronto a sí mismo apestando a sudor y a vinagre, a chucrut y a ropa sucia. Se vio desnudo y repugnante y se sintió escudriñado por alguien que no revelaba nada de sí mismo. Le pareció incluso que le olfateaba hasta atravesarle la piel para oler sus entrañas. Los sentimientos más tiernos y las ideas más sucias quedaban al descubierto ante aquella pequeña y ávida nariz, que aún no era una nariz de verdad, sino sólo un botón, un órgano minúsculo y agujereado que no paraba de retorcerse, esponjarse y temblar.
"El Perfume", Patrick Süskind
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