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5/15/2006 Oídos sordosVuelta a las andadas :)
Aunque parezca paradójico, este tiempo que he estado apartada del Ciclo he estado leyendo un montón, y las tareas literarias pendientes se me amontonan en la mesilla (cómic de "V de Vendetta" incluido). Además, con esto de que el lobito patoso está cosechando muy buenas críticas (gracias... no porque sean buenas, sino por leerlo y criticarlo ^_^), pues eso, que me he flipado un poco y me he comprado un par de libros de los de la lista del Taller de Escritura, a ver si me sirven para algo :)
Te cuento. Hace poco me hicieron tropezar con un clásico, de esos libros que todo el mundo debería haber leído, y que es tan famoso que "seguro que lo tienes en casa", pero que el hecho es que casi nadie lo tiene (creo que esto tiene que ver con la teoría cíclica del préstamo de libros: nunca más lo volverás a ver, no importa el empeño que pongas, a menos que vayas a casa del interpelado y lo cojas tú mismo) (aunque tengo que decir que, a día de hoy, he encontrado la feliz excepción que confirma la regla ^^). El caso es que mi tía, como viene mucho a mi casa y puede recuperarlos, me deja varios libros bajo fianza, sintiéndose responsable de mi bagaje cultural y literario. Y no se puede imaginar cómo se lo agradezco.
Pienso que los libros famosos deberían poder leerse sin condicionantes. Es difícil tener una opinión propia de un best-seller, porque todo el mundo dice que es lo mejor que ha leído en mucho tiempo. Pero es mucho peor cuando en vez de un best-seller estamos hablando de un libro (o de un autor) que ha hecho historia. El amigo Julio Verne, por ejemplo. No digo (ni se me ocurrirá) que no sea bueno, pero si has leído alguna de sus novelas, sabrás de qué hablo. Medidas, pesos, alturas, anchuras, densidades, temperaturas... hay tantos detalles técnicos que parece que estoy leyendo una tesis en vez de una novela.
Este autor que te voy a presentar hoy es todo un mito de la ciencia ficción. Sus novelas han inspirado a miles de personas, no sólo a artistas, y mucha (mucha) gente ha crecido leyéndole. Y la única forma de leer algo así es perdiendo los prejuicios. Si no espero nada del libro, no puedo sentirme engañada después de leerlo.
En cierto modo, también esto tiene que ver con el libro que voy a presentaros. No es una historia nueva. Imaginad que fuera obligatorio ser feliz. Y que para conseguir eso haya que prohibir que las personas reflexionaran por sí mismas, que pensaran en todas esas cosas que están mal, tanto en el mundo como en ellos mismos. Imaginad la manipulación tan bestial de información. Sólo queda una isla en medio de tanta mentira. ¿Cómo eliminar esa isla?
Oídos sordos... y papel quemado.
Imagen cortesía de Mr. Forfy ;) - Mildred, ¿qué te parecería si, quizá, dejase mi trabajo por algún tiempo?
- ¿Quieres dejarlo todo? Después de todos esos años de trabajar, porque, una noche, una mujer y sus libros...
- ¡Hubieses tenido que verla, Millie!
- Ella no es nada para mí. No habría debido tener libros. Ha sido culpa de ella, hubiera tenido que pensarlo antes. La odio. Te ha sacado de tus casillas y antes de que te des cuenta, estaremos en la calle, sin casa, sin empleo, sin nada.
- Tú no estabas allí, tú no la viste - insistió él -. Tiene que haber algo en los libros, cosas que no podemos imaginar para hacer que una mujer permanezca en una casa que arde. Ahí tiene que haber algo. Uno no se sacrifica por nada.
- Esa mujer era una tonta.
- Era tan sensata como tú y como yo, quizá más, y la quemamos.
- Agua pasada no mueve molino.
- No, agua no, fuego. ¿Has visto alguna casa quemada? Humea durante días. Bueno, no olvidaré ese incendio en toda mi vida. ¡Dios! Me he pasado la noche tratando de apartarlo de mi cerebro. Estoy loco de tanto intentarlo.
- Debiste pensar en eso antes de hacerte bombero.
- ¡Pensar! ¿Es que pude escoger? Mi abuelo y mi padre eran bomberos. En mi sueño, corrí tras ellos.
La sala de estar emitía una música bailable.
- Hoy es el día que tienes el primer turno - dijo Mildred -. Tenías que haberte marchado hace dos horas. Acabo de recordarlo.
- No se trata sólo de la mujer que murió - dijo Montag -. Anoche estuve meditando sobre todo el petróleo que he usado en los últimos diez años. Y también en los libros. Y, por primera vez, me di cuenta de que había un hombre detrás de cada uno de ellos. Un hombre tuvo que haberlo ideado. Un hombre tuvo que emplear mucho tiempo en trasladarlo al papel. Y ni siquiera se me había ocurrido esto hasta ahora.
Montag saltó de la cama.
- Quizás algún hombre necesitó toda una vida para reunir varios de sus pensamientos, mientras contemplaba el mundo y la existencia, y, entonces, me presenté yo y en dos minutos, ¡zas!, todo liquidado.
- Déjame tranquila - dijo Mildred -. Yo no he hecho nada.
- ¡Dejarte tranquila! Eso está muy bien, pero, ¿cómo puedo dejarme tranquilo a mí mismo? No necesitamos que nos dejen tranquilos. De cuando en cuando, precisamos estar seriamente preocupados. ¿Cuánto tiempo hace que no has tenido una verdadera preocupación? ¿Por algo importante, por algo real?
[...]
- Ah. - Beatty se inclinó hacia delante entre la débil neblina producida por su pipa - [...] Hemos de ser todos iguales. No todos nacidos libres e iguales, como dice la Constitución, sino todos hechos iguales. Cada hombre, la imagen de cualquier otro. Entonces, todos son felices, porque no pueden establecerse diferencias ni comparaciones desfavorables. ¡Ea! Un libro es un arma cargada en la casa de al lado. Quémalo. Quita el proyectil del arma. Domina la mente del hombre. ¿Quién sabe cuál podría ser el objetivo de un hombre que leyese mucho? ¿Yo? No los resistiría ni un minuto. Y así, cuando al fin las casas fueron totalmente inmunizadas contra el fuego, en el mundo entero ya no hubo necesidad de bomberos para el antiguo trabajo. Se les dio una nueva misión, como custodios de nuestra tranquilidad de espíritu, de nuestro comprensible y justo temor de ser inferiores. Censores oficiales, jueces y ejecutores. Eso eres tú, Montag. Y eso soy yo.
"Fahrenheit 451", Ray Bradbury Comments (2)
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